Cumplí 45 años, pero ese día no fue una celebración: fue una sentencia. Me dijeron que si no cambiaba mi manera de pensar, no llegaría al siguiente cumpleaños.
No fue la motivación ni las frases bonitas lo que me sacó del pozo; fue aprender a pensar útil, a puro golpe. Y desde entonces, eso es exactamente lo que enseño.
Desde pequeño ya había señales. No era un mal estudiante, simplemente no encajaba con lo que se esperaba. Sentía que iba por un carril distinto, y eso me generaba cierta inquietud. Si le preguntas a mis padres, mejor no lo hagas: qué paciencia me tuvieron.
Encontré refugio en el alto rendimiento como coach de tenis. Viajando de torneo en torneo, siempre con la mente puesta en el siguiente desafío, siempre enfocado en que mis jugadores rindieran al máximo. Pero entre viaje y viaje, no había espacio para preguntarme cómo estaba yo. Pasaron los años, acumulé éxitos, pero no crecía como persona al ritmo que debía.
Vivía para los demás, pero no vivía para mí.

Tomé una decisión drástica: mudarme a Costa Rica.
Solo, lejos de mi familia. Tenía 36 años y sentía que mi vida estaba atrapada en un bucle del que no podía salir. Sabía que necesitaba tiempo y espacio para mi propio desarrollo, aunque no imaginaba la cantidad de pruebas que el país me tenía reservadas.
Costa Rica me golpeó fuerte.
La traición de mi socio más mi mano derecha fue un dolor que me desarmó. Siempre dedicado a los demás, terminé completamente desgastado. Pero fue precisamente ahí donde empezó mi despertar. Me vi obligado a priorizarme, a entenderme mejor, a tomar decisiones más conscientes. Y entonces llegó el gran impacto: aquel diagnóstico médico en mi 45 cumpleaños. Ese fue el momento que me quebró y me reconstruyó. La vida me estaba diciendo: o aprendes a pensar útil, o te apagas. Aprendí que no sirve de nada intentar ganar un partido contra la vida si estás jugando con la cabeza de otro… o peor, si la has dejado olvidada en el vestuario.
Te confieso algo
nunca fui de estudiar. Si mis padres te cuentan, hasta se ríen (o lloran). Pero la vida, esa maestra implacable, me empujó a aprender. Hoy estudio cada día, no porque busque la perfección —que no existe—, sino porque quiero estar listo para el próximo golpe inesperado que la vida me quiera lanzar.
Hoy soy una persona profundamente feliz.
No porque la vida se haya vuelto fácil, sino porque, al entenderme mejor, aprendí a ordenarla según mis prioridades. Y en este proceso apareció Julia, mi pareja, mi bastión invaluable. Juntos hemos construido no solo una vida, sino una forma de vivir con intención.
No soy un gurú ni te voy a llenar de promesas vacías. Hablo desde lo que he vivido: desde mudarme solo a 9,000 km de mi familia, superar traiciones y separaciones, hasta esquivar un diagnóstico que casi me borra del mapa. Escribí Piensa útil sin saber que me estaba escribiendo a mí mismo —una guía para no hundirme—. Luego vino Cómo no cagarte la vida, porque la mente sigue siendo el campo donde se gana o se pierde todo.
Si algo aquí te mueve, ya sabes por dónde empezar.